¿Qué sentido tiene la guerra entre Leclerc y Hamilton?
Leclerc y Hamilton están librando una batalla interna difícil de justificar cuando el Mundial no está en juego. Ferrari tiene suficientes problemas como para añadir otro desde dentro.
Observando el comportamiento en pista de Charles Leclerc y Lewis Hamilton, no hay nada que no se haya visto antes en la historia de la Fórmula 1 y, más en general, del automovilismo.
Los enfrentamientos entre compañeros de equipo han alcanzado en algunos casos niveles de agresividad, tanto dentro como fuera de la pista, que hacen parecer poca cosa lo sucedido en Monza entre los dos pilotos de Ferrari. Pero en este caso concreto hay algo que no encaja, que se escapa o que, en cualquier caso, resulta muy difícil de descifrar.
Los enfrentamientos del pasado entre compañeros de equipo considerados 'top drivers' siempre han tenido un objetivo. Ayrton Senna y Alain Prost, Nigel Mansell y Nelson Piquet, Mark Webber y Sebastian Vettel, Nico Rosberg y Lewis Hamilton: todas son parejas que llegaron al límite cuando tuvieron a su disposición un monoplaza capaz de luchar por el título mundial, es decir, cuando el éxito dependía casi exclusivamente de su capacidad para derrotar a su compañero de equipo.
Por quedarnos con el ejemplo más reciente, en 2013, el primer año de Hamilton en Mercedes, el coche permitió a Lewis ganar una carrera, mientras que Nico terminó la temporada con dos victorias. El W04 no era un monoplaza para luchar por el Mundial y la relación entre los dos pilotos de Mercedes siguió siendo excelente. La temporada siguiente, con la llegada de la primera y formidable unidad de potencia híbrida, las cosas cambiaron drásticamente.
Lo que estaba en juego pasó a ser el premio máximo y ambos pasaron de comer pizza juntos en Mónaco a protagonizar una rivalidad deportiva, y no solo deportiva, extremadamente intensa.
En el caso de Leclerc y Hamilton, el motivo es un misterio. Conviene subrayar que lo sucedido entre los dos pilotos de Ferrari no es comparable con los casos mencionados anteriormente. Más allá de las declaraciones habituales, cuyo objetivo es sobre todo evitar bajones de motivación tanto en pista como en la fábrica, resulta difícil creer de verdad que los pilotos de Ferrari estén actualmente compitiendo directamente por conquistar el título mundial. Lo dicen los números y también la historia de esta temporada.
Charles Leclerc, Ferrari, Lewis Hamilton, Ferrari
Foto di: Sam Bloxham / LAT Images via Getty Images
Tampoco hay un futuro por definir ni un estatus contractual por ganarse. Ambos tienen las mismas oportunidades, un 2027 planificado desde hace tiempo y una generosa remuneración que hace inapropiada la broma que se escuchó ayer en el paddock de Monza: porque no, esto no es una guerra entre pobres.
Y precisamente partiendo de este último punto, conviene recordar que estamos hablando de pilotos consagrados, de los que se espera un enfoque que tenga siempre presente el interés del equipo, sobre todo ante la ausencia de una superioridad técnica que permita dar por sentados los objetivos mundialistas.
Hamilton tuvo que tragarse su frustración durante todo 2025, lastrado por una falta de rendimiento que nunca afectó a su compañero. Ahora que ha recuperado el ritmo, probablemente esté aprovechando para sacarse alguna espina, contra todos, incluido Leclerc. Charles, por su parte, vio cómo su estatus crecía considerablemente hace doce meses gracias a un nivel de rendimiento superior al de un siete veces campeón del mundo que, un año después, está por delante de él —y no por poco— en la clasificación del Mundial. Sin embargo, son motivaciones que normalmente se encuentran en la zona media de la parrilla, donde un podio puede cambiar la historia de una temporada y donde el futuro siempre es una incógnita.
Ahora la pelota está en el tejado de Frederic Vasseur. El jefe de equipo de la Scuderia mantuvo en Monza una reunión con sus dos pilotos en su despacho antes de la carrera, pero parece que hará falta una segunda. El concepto es sencillo: el interés de la Scuderia está por encima de las ambiciones personales de cada uno. Sobre todo cuando esas ambiciones no tienen como objetivo un título mundial.
Porque una rivalidad puede ser un valor añadido cuando empuja a un equipo hacia el éxito; mucho menos cuando corre el riesgo de convertirse en un problema más para un equipo que ya tiene suficientes.
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