'La ruleta no estaba en el casino', la columna de Albert Fábrega

Nuestro especialista Albert Fábrega nos habla de lo complicado que es el trabajo en boxes y se lamenta que sólo nos acordemos cuando las cosas salen mal.

Nada ni nadie parecía capaz de destronar a Ricciardo de la victoria cuando en la clasificación dejó boquiabiertos a propios y extraños con una demostración de velocidad y estrategia que le daba media victoria. Pero las calles de Montecarlo tienen en sus entrañas muchos más factores que los guardarraíles y que pueden hacer tambalear el dominio incluso de los más fuertes.

En el Principado la comunicación es más difícil que en los otros circuitos, sean urbanos o no. Allí la señal de radio es “pobre” (palabra prohibida en el principado) y en algunas partes del trazado, como en el túnel, hay zonas que se llaman oscuras y en las que la señal es débil. Los ingenieros deben medir muy bien donde y cuando hablan con sus pilotos y viceversa. Pero un factor aún más decisivo es que no hay visión directa entre los ingenieros del muro y los mecánicos. Los ingenieros de pista y estrategas que normalmente están en esas casetas en el muro justo delante de los boxes, aquí están en una oficina improvisada justo encima de los garajes.

Además, la reducida dimensión de los boxes y el hecho de que el paddock esté a más de 500 metros del box, hace que la logística sea aún más complicada. Esto obliga a los equipos a almacenar parte de los recambios y neumáticos de carrera bajo unas carpas que montan en la parte posterior, aprisionadas entre el box y la valla de la recta de meta. Pero las dificultades no terminan aquí, ya que en Mónaco prácticamente no hay carril de entrada a boxes, y la línea de entrada desemboca en el pitlane más corto y estrecho de la temporada, con lo que el tiempo entre dejar la pista y llegar al box es mínimo.

En una carrera tan complicada como la del domingo, las decisiones se toman al instante, en décimas de segundo y sin más referencias a las que recurrir que a los propios comentarios del piloto y a los parciales de las pantallas de tiempo. No hay estrategias preparadas que valgan y que permitan preparar con tiempo las paradas. Los estrategas ni tan solo pueden ver si la competencia se prepara para un cambio de ruedas.

La llamada a Ricciardo llegó a última hora, como en muchas otras carreras o como en las decenas de “late call” (llamada de última hora) que entrenan los mecánicos en caso de que el piloto entre sin avisar. Pero no. Mónaco es diferente.

La falta de campo visual directo entre mecánicos y muro, quizás decidió la carrera. En una situación normal, los ingenieros podrían haberse dado cuenta de que algo no iba bien y que los neumáticos, que estaban en la parte posterior del box y alejados de los mecánicos, no estaban listos. Quizás hubieran tenido tiempo de avisar a Ricciardo para que no entrara y diera una vuelta extra. No fue así, y Daniel perdió en ese cambio de ruedas sus opciones de llevarse la victoria.

A veces solo nos acordamos del trabajo en boxes cuando se comete un error y afecta al resultado del piloto. Un equipo de Fórmula 1 es una máquina perfectamente engrasada que funciona a base de protocolos y estructuras jerarquizadas que intentan no dar margen ni al error ni a la improvisación. Todo está programado, controlado y monitorizado. Pero en Mónaco la ruleta no siempre está en el casino. Y esta vez, Red Bull perdió.

Escribe un comentario
Mostrar comentarios
Acerca de este artículo
Series F1
Evento GP de Mónaco
Pista Monte Carlo
Pilotos Daniel Ricciardo
Tipo de artículo Artículo especial