La desgarradora historia de los hermanos Rodríguez en la F1
Descubre la historia de las dos primeras estrellas mexicanas en la historia de la Fórmula 1, el desgarrador caso de Pedro y Ricardo Rodríguez.
La Fórmula 1 visita cada año el Autódromo Hermanos Rodríguez, donde los aficionados se reúnen para celebrar a los héroes modernos de la categoría, pero entre el rugido de los motores y los vítores del público, resuena con más fuerza el legado de dos pilotos mexicanos de renombre, tanto Ricardo como Pedro Rodriguez.
El trazado antes recibía el nombre de Autódromo Magdalena-Mixiuhca, uno construido en 1959, y se convirtió rápidamente en el corazón del automovilismo local. Fue en ese trazado en donde los hermanos demostraron por primera vez su talento, y la razón por la que se rebautizó en su honor en 1972. La pista es un monumento a su memoria, a la de dos familiares que estuvieron a punto de alcanzar el estrellato en el Gran Circo, con una brillantez precoz que dejaba entrever el potencial que podrían haber tenido si no hubieran tenido un final tan prematuro.
Nacidos en Ciudad de México, Pedro Rodríguez [1940] y su hermano menor, Ricardo [1942], empezaron sus carreras en motocicletas. El primero de ellos ganó el campeonato nacional en 1952 y 1954 con una pequeña Adler de 125 cc, aunque su talento al volante eclipsó rápidamente sus primeras hazañas sobre dos ruedas y, con el apoyo financiero de su acaudalado padre, se pasaron a las carreras de coches en su adolescencia.
Ambos estaban muy dotados, pero Ricardo se convirtió de forma muy veloz en el más destacado, llamando la atención por su prodigiosa velocidad, ya que con tan solo 15 años ganó su primera carrera internacional, la Riverside Trophy Race de California, a bordo de un Porsche 550 RS. No tardó en forjarse una reputación en el automovilismo, y una sola campaña más tarde practicó para las 24 Horas de Le Mans, en las cuales no pudo participar debido a que tan solo tenía 16 años, pero debutó en 1950, además de competir en pruebas como Sebring y la Targa Florio, mientras que en 1961, ambos terminaron tercero y segundo en las citas estadounidense y de Nurburgring respectivamente.
Esa demostración de habilidad y madurez, muy por encima de su edad, le valió una participación con Ferrari a los 19 años, convirtiéndose así en el piloto de Fórmula 1 más joven de la historia en ese momento, con su estreno en el Gran Premio de Italia 1961, y su increíble actuación, al terminar segundo, sorprendió al mundo.
El primer Gran Premio de México, y el último de Ricardo Rodríguez
En la temporada 1962, Ricardo Rodríguez sufrió muchos problemas mecánicos y mala suerte, lo que le llevó al equipo a la decisión de no participar en el primer Gran Premio de México. Deseoso de competir delante de su público, tomó el fatídico camino de competir con Lotus en el Rob Walker Racing Team, pero, durante una sesión de entrenamientos libres, perdió el control de su monoplaza en la Peraltada, una de las curvas más traicioneras, y todo acabó en un violento accidente que terminó con su vida a los 20 años.
Jo Ramírez, amigo de Ricardo Rodríguez y coordinador de McLaren entre 1984 y 2001, creía que podría haberse convertido en uno de los mejores de la historia, como Alain Prost o Ayrton Senna. Su muerte devastó al automovilismo, especialmente en México, donde ya era todo un héroe nacional, porque se podría haber tratado del primer campeón de Fórmula 1 mexicano, pero su prematuro fallecimiento también afectó a su hermano, Pedro Rodríguez, que en aquel momento se preparaba para unirse a la parrilla.
El ascenso del intrépido Pedro Rodríguez
Ricardo Rodríguez era considerado como el que más talento tenía de los dos, pero Pedro no tenía poco. Tras la muerte de su hermano, se retiró de la competición a tiempo completo, y abrió un negocio de importación de coches en su país natal, pero no pudo mantenerse alejado del deporte durante mucho tiempo, y finalmente regresó para construir su propia trayectoria, en la que consiguió debutar en la Fórmula 1 en 1963, aunque fue en 1967, cuando fichó por Cooper, cuando empezó a coger velocidad de verdad.
Ese año ganó su primera carrera, en el Gran Premio de Sudáfrica, y rápidamente se dio a conocer su dominio en los circuitos de alta velocidad y sus extraordinarias habilidades en condiciones de lluvia. Tras esa carrera, empezó a viajar con una bandera mexicana y una grabación del himno nacional, ya que en los organizadores de aquella cita pusieron por error el baile del sombrero mexicano en lugar de lo que realmente tuvieron que reproducir.
En 1968 consiguió la victoria en las 24 Horas de Le Mans con un Ford GT40, y sus compañeros reconocieron su habilidad en circuitos como Spa-Francorchamps, donde venció en el Gran Premio de Bélgica 1970, mientras que en los 1.000 kilómetros de Brands Hatch de esa campaña demostró su maestría en complicadas condiciones de lluvia para ganar con un Porsche 917.
Su estilo de conducción, más tranquilo y preciso, le llevó a ganarse el respeto de la comunidad de pilotos. Muchos creían que solo la mala suerte o los fallos mecánicos se interponían entre él y más triunfos, pero su éxito se truncó en 1971, cuando un accidente mientras que competía con un deportivo en Alemania terminó con su vida a los 31 años.
Inspirando a medio siglo de pilotos
El impacto de los hermanos Rodríguez en la Fórmula 1, y en el automovilismo mexicano en general, es muy grande. Los dos talentosos pilotos fueron pioneros, y allanaron el camino para futuras generaciones de mexicanos, como Sergio Pérez, Esteban Gutiérrez y Adrián Fernández. Cada vez que se despiden de esa pista, lo hacen a la sombra de dos leyendas del automovilismo, que siguen siendo, cinco décadas después, las primeras estrellas nacionales.
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