Resaca, Lo que ha pasado, pasó. Viene lo bueno

Nuestro columnista Angelo Della Corsa nos habla de México y lo que dejó el evento en su columna, ¡A Mil Por Hora!

Va por delante un axioma tauromáquico para dar inicio a la idea que hay que compartir en esta ocasión. Bien toreado, lo bien rematado. Esto de las carreras de autos e igual en el periodismo, puede ser algo extraordinario lo que ocurrió o lo que se hizo de una manera en que haya quedado maravilloso. Y quizá sea hasta envidiable, pero hay que rematarlo de lo mejor, siempre.

Lo hecho ayer ya no cuenta. Pasó a ser propiedad del pretérito. Lo único que valdrá, será lo que se logre en la próxima ocasión.

Se demanda un alumbramiento diario, la iluminación permanente. La secuencia interminable. Una epifanía vez tras vez, para almas que serán, por definición, siempre insaciables. Alfombras que vuelen, o algo así…

El compromiso con los lectores no tiene fin. Sino, hasta que acaba. O, que se cava en una tumba para ir al olvido eterno.

Las aficiones de todo lugar y de cualquier naturaleza, son celosas, desconfiadas y exigentes. Aman con enorme pasión y al salir de la ducha: ya se han desinteresado de todo lo que, hacía nada, les encantaba. Nunca se puede estar seguro de la fidelidad inconmovible de los fans, ni de su lealtad a prueba de desengaños. Un poco parecido al trato y al contrato que se hace con una mujer hermosa.

Si se habla de México, está visto y vuelto a mirar, que el país montó en júbilo con su reciente Gran Premio y no querrá nada más, en adelante, que uno mejor la próxima vez.

De no ser así, es que sería gente hecha contra natura.

Y claro que se les va a conceder más y más bonito. Incluso, tiene que pasar lo que suceda, por encima de lo que esperan. Pero no va a ser con la palanca puesta en automático. La cosa es, jalar parejo y al unísono.

El espectador interesado que se quede en la costra, en la superficie de las carreras más intensas y profesionales de siempre: sólo verá pasar carritos muy rápido frente a él, en los años que siguen. Y faltan cuando menos, cuatro GP más. Al contrario, el aficionado exigente debe de compenetrarse con la disciplina y profundizar en ella. Como todo arte, le está reclamando rigor.  

El calendario oficial de la temporada que sigue, contempla hasta 20 carreras. Cada una, es consecuencia de la anterior y, sustenta el valor de la que sigue. Como un gran mural cuyo fragmento, uno por uno, hace parte del todo.

La F1 va en su prueba número 933 desde 1950, hasta la fecha. Sin los mecánicos, los diseñadores, los patrones y los pilotos de antaño, no sería cabal la compresión de los de hogaño.

No está por demás compartir la necedad para puntualizar, otra vez, que esta Fórmula que ejerce tanta fascinación, no es un deporte más. Es una expresión de las más importantes del arte tecnológico del siglo XXI. Su disfrute exige, cultura y entendimiento. Intensidad y altura.

LO MATERIAL

Habrá que implicar la habilidad de los autos —puesto que se trata de carreras de ellos— tomando en cuenta que quienes los tripulan, literalmente, se juegan la vida una vez y también la siguiente.

Es ese espectáculo que no depende de los coches por sí solos, ni de sus timoneros, por buenos que sean. La marca de un carro y el nombre de un gran corredor no valen: si no se toma en cuenta que ellos son apenas, el pináculo de un equipo de científicos, técnicos, operadores muy hábiles y profesionales de una gama, que va desde los nutriólogos, hasta los ingenieros aeroespaciales; pasando por el sicólogo.

Un team que hace punta de El Circo, lo forman 800 personas o más. Teóricos y prácticos. Todo su esfuerzo puede ser inútil, si un tornillo no está en su lugar y bien apretado; si falta un desatornillador en el momento justo; igual cada electrodo, todo cable y componente. Asimismo las arandelas y las chavetas, que son importantísimas…

Las llantas, los neumáticos, las suspensiones, los frenos, los radiadores, el carenado, las baterías, el volante y la aparatología de la más alta gama: hacen un todo indisoluble. El total y cada cosa en particular, se necesitan entre sí. La transmisión y la caja de un bólido de la F1, pueden tener hasta 400 elementos. El total de sus piezas son como 60 mil y su peso debe ser lo más bajo posible. Un auto callejero tiene 20 o 30 mil componentes más y pesa, hasta tres veces por encima de uno de los de las carreras de predilección.

El coche normal –de los que vemos por las calles– corre a 240 kilómetros por hora, cuando mucho: el F1, casi hasta los 370, pero hay que detenerlo en unos metros y hacerlo remontar a tope muy rápido, otra y otra vez. La maniobrabilidad es incomparable. De los costos, mejor, ni hablar.

Además de ser una actividad lúdica, deportiva y un show, la F1 es negocio, y quien no lo entienda así, está fuera de la realidad. Lo último a pensar cuando juzgue los detalles de esta competición es, que alguien o algo actúe sin un interés pecuniario. Todo lo que se encierra en La Carpa tiene que ver con pérdidas y ganancias. Cada esfuerzo, se basa en el retorno de la inversión.

El fanatismo para entregarse a un emblema o a la incondicionalidad por un nombre, en este deporte: es un despropósito. País, religión o raza: siempre están a salvo en su orgullo y en su reputación. La victoria y la derrota, tienen sólo implicaciones materiales, que siempre se acaban pagando en metálico.

Parece superficial y no lo es.

Aunque haya ganado un alemán y rubio, en la justa mexicana de 2015, y en las que siguen lo vaya a ser un hombre de piel morena o un escandinavo: usted está absolutamente exento de riesgos y, más aún, seguro de que no va a recibir algún beneficio o un maleficio, por pingüe que sea.

México, como entidad geográfica, política, histórica, social o moral: no arriesgó en nada, más que en un negocio del entretenimiento. Y esto corrió por parte de una empresa privada.

Cada mexicano, no tuvo nada que perder o por qué salir dañado. Ganó, si supo como gozar de lo exhibido durante el fin de semana del GP y más áun, según el grado de información que posee en el tema.

Aquí, entonces, se da la coyuntura, para felicitar, y mucho: a quienes gestionaron y llevaron tan bien así como con toda firmeza las riendas en este compromiso.

El público se comportó de manera estupenda…

En fin. Sí. Hay que entender esta disciplina, admirar su prodigio y clavarse a disfrutarla. Pero no caer en la chabacanería, como se lo hace en otros deportes de desbarrar. De volverse locos. Un “hoolligan”, puede ser la idiotez más extrema en esta actividad.

Bajo su total potestad, estuvo el desear que ganara cualquier equipo y que el vencedor fuera de la nacionalidad que usted quisiera. No hubo compromiso previo de nada, con nadie. Ninguna camisola verde tuvo que ponerse encima.

Si le quisieron vender el fervor por el piloto “de casa”, lo estaban tratando como a un bobo. No era así. Él, está muy lejos de ganar en la pista nacional o en cualquier otra, aunque se encomiende a las 11 mil vírgenes. Un octavo sitio a la llegada, fue más que realista.

Y no le busque tres pies al gato.

Por donde lo vea: la victoria fue nada más ¡suya! 

Amigable mente,

Ángelo della Corsa

 

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Acerca de este artículo
Series F1
Evento GP de México
Pista Autodromo Hermanos Rodriguez
Tipo de artículo Artículo especial